Nuestra Historia

Un amante de las letras y la tecnología, construyendo puentes entre la poesía y el aprendizaje digital para transformar la educación.

Desde la temprana infancia, siempre fui un amante de las letras. Recuerdo esos días de profundo silencio en mi habitación, apenas interrumpido por el crujir de las páginas de un libro y el susurro de mi imaginación. Los mundos y personajes que habitaban esos textos se volvían reales para mí, sus historias cobraban vida en mi mente, y a menudo me encontraba sumergido en ellos hasta altas horas de la noche.

Mientras crecía, esa fascinación por la lectura evolucionó en un deseo de crear mis propias historias. Empecé a escribir poesía, tratando de capturar en versos la belleza y complejidad del mundo que me rodeaba. Las palabras se convirtieron en mi lienzo, y con ellas pinté paisajes emocionales y retratos de la vida en todas sus formas y colores.

Pero junto a mi pasión por las letras, también había un gran interés por la tecnología. Recuerdo la primera vez que tuve en mis manos un dispositivo electrónico, la curiosidad con la que exploré sus funciones, la emoción de descubrir sus posibilidades. Me fascinaba la manera en que la tecnología podía transformar nuestra vida, cómo podía conectarnos y ayudarnos a aprender y crecer.

Esa fascinación por la tecnología y la educación no tardó en fusionarse con mi amor por la lectura y la escritura. Comencé a explorar cómo las herramientas digitales podían mejorar la enseñanza y el aprendizaje, cómo podían democratizar la educación y hacerla accesible para todos.

Hoy, sigo siendo ese niño que se pierde en los libros, que escribe poemas en un celular y que se maravilla ante las posibilidades de la tecnología. Pero también soy un educador, un innovador, alguien que cree en el poder de las palabras y la tecnología para cambiar vidas y transformar el mundo. Y cada día, me siento agradecido por tener la oportunidad de combinar mis pasiones y usarlas para marcar una diferencia.

Soy Gustavo, un hombre bendecido por la gracia de tres hijas, cada una un regalo divino en el jardín de mi vida. Dos de ellas adornan mi día a día con su presencia, y una, la mayor, brilla desde el cielo como una estrella eterna, iluminando nuestros corazones con su amor perpetuo.

Desde el momento en que abrieron sus ojos al mundo, mis hijas han iluminado mi vida. Sus risas, sus lágrimas, sus logros y desafíos, han compuesto la sinfonía de mi existencia. Cada nota, una resonancia de amor, de crecimiento, de vida.

Mi hija mayor, aunque ya no está físicamente con nosotros, sigue siendo una parte esencial de nuestra familia. Su espíritu vive en cada uno de nosotros, en los recuerdos que atesoramos, en el amor que nunca se apaga. Ella es nuestro faro en la oscuridad, su luz es un recordatorio constante de la belleza y la fragilidad de la vida.

Juntos, mis hijas y yo formamos una familia, un refugio de amor y apoyo. Aunque el dolor de la pérdida pueda ser inmenso, encontramos consuelo en el hecho de que somos una unidad, ligada por el amor incondicional y el respeto mutuo.